Serie A

Cómo funciona la Serie A: formato, reglas y clasificación europea

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Entender cómo funciona la Serie A va mucho más allá de saber que hay veinte equipos y treinta y ocho jornadas. El formato del campeonato italiano esconde particularidades que lo distinguen de LaLiga, de la Premier League y de cualquier otra liga de las cinco grandes: un sistema de desempate que prioriza los enfrentamientos directos sobre la diferencia de goles, un mecanismo de ascenso y descenso con playoffs en la Serie B que añade drama a la segunda división, y un reparto de plazas europeas que refleja la creciente influencia del calcio en los torneos continentales.

Para el aficionado español que sintoniza la Serie A a través de DAZN, conocer estas reglas no es un ejercicio académico: es la diferencia entre ver un partido y entender qué se juega en cada balón disputado. Un empate a cero entre dos equipos de media tabla puede parecer irrelevante hasta que se comprende que los enfrentamientos directos podrían decidir quién juega la Conference League y quién se queda sin Europa. Un gol en el minuto 93 de un equipo de la zona baja cambia de significado cuando se sabe que los tres últimos descienden directamente, sin red de seguridad.

La temporada 2025/26 se juega además sin pausa invernal — hay partidos programados el 21 y 28 de diciembre, el 3 y el 6 de enero —, lo que comprime el calendario y eleva la exigencia física sobre las plantillas. Solo cuatro ventanas FIFA interrumpen la competición entre agosto y mayo. Es un formato que premia la profundidad de plantilla y castiga la dependencia de un puñado de titulares indiscutibles.

Este artículo desglosa cada engranaje del sistema: desde el formato de doble vuelta hasta la distribución de plazas en Champions, Europa League y Conference League. Todo lo que necesitas para ver la Serie A no solo como espectáculo, sino como estructura competitiva con lógica propia. Porque el calcio es más que 38 jornadas — bastante más.

El formato de liga: doble vuelta

La Serie A opera con un sistema de liga de doble vuelta (andata e ritorno, en italiano): cada equipo se enfrenta a los otros diecinueve dos veces — una como local y otra como visitante —, lo que arroja un total de 380 partidos repartidos en 38 jornadas. Es el mismo esquema que utiliza LaLiga, la Premier League, la Bundesliga y la Ligue 1, con la diferencia de que la Serie A mantiene veinte participantes, un número que Italia ha conservado desde la temporada 2004/05 sin variaciones.

El sistema de puntuación sigue el estándar internacional: tres puntos por victoria, uno por empate, cero por derrota. Parece elemental, pero la aritmética de tres puntos por victoria — adoptada por la Serie A en 1994/95, sustituyendo el viejo modelo de dos puntos — alteró profundamente la dinámica competitiva. Antes del cambio, el empate era un resultado rentable para ambos equipos; ahora, perder dos puntos por no ganar incentiva el juego ofensivo y castiga la especulación. Italia tardó más que otras ligas en adoptar este sistema, y el efecto fue visible de inmediato: las medias de goles por partido aumentaron en las temporadas posteriores al cambio.

La temporada comienza habitualmente en la tercera o cuarta semana de agosto y concluye a finales de mayo. Entre medias, cuatro pausas para partidos de selecciones nacionales (ventanas FIFA) interrumpen la competición, pero no hay pausa invernal. Este detalle es relevante: mientras LaLiga, la Bundesliga y la Ligue 1 conceden entre una y tres semanas de descanso en diciembre-enero, la Serie A programa partidos en plenas fiestas navideñas. En la temporada 2025/26, según OneFootball, hay jornadas el 21 y 28 de diciembre, y el 3 y 6 de enero. Para el espectador español, esto significa fútbol italiano en directo durante las vacaciones de Navidad — un aliciente que ni LaLiga ni la Premier League ofrecen en la misma medida.

El orden de los enfrentamientos se determina mediante un sorteo previo a la temporada, con restricciones que garantizan equidad: los derbis locales (Inter–Milan, Lazio–Roma, Juventus–Torino) deben alternar localía de una temporada a otra, y no pueden programarse en la misma jornada que otros derbis del mismo grupo de ciudades. El calendario resultante se publica en junio o julio y queda sujeto a modificaciones por compromisos europeos o televisivos, pero la estructura de 38 jornadas es inamovible.

Un aspecto que diferencia a la Serie A de otras ligas es la gestión de los partidos aplazados. Si un encuentro se suspende por motivos climatológicos, de orden público o de fuerza mayor, se reprograma entre semana — normalmente un miércoles —, lo que puede generar desigualdades puntuales: un equipo podría tener un partido menos que sus rivales directos durante varias semanas, lo que distorsiona la lectura de la clasificación hasta que el partido pendiente se disputa. Es un detalle menor en apariencia, pero ha protagonizado polémicas memorables en temporadas anteriores.

En términos de exigencia, 38 jornadas distribuidas en aproximadamente diez meses, sin pausa invernal y con la posibilidad de jugar también en Coppa Italia, Supercoppa y competiciones europeas, convierten la temporada italiana en una de las más densas del fútbol europeo. Los equipos que aspiran al Scudetto pueden llegar a disputar entre 50 y 60 partidos oficiales si avanzan en todas las competiciones, una cifra que obliga a gestionar la carga de trabajo con rotaciones estratégicas.

El formato de doble vuelta también genera asimetrías tácticas interesantes. El partido de ida y el de vuelta entre dos equipos pueden separarse por cuatro o cinco meses, un intervalo en el que las circunstancias cambian radicalmente: fichajes de invierno, lesiones, rachas de forma, cambios de entrenador. No es infrecuente que un equipo que dominó el primer enfrentamiento pierda el segundo porque su rival ha mutado tácticamente en el interim. Esa evolución constante es parte de lo que hace que la Serie A sea impredecible incluso para los modelos estadísticos más sofisticados.

Desempate: cómo se rompen los empates

Aquí es donde la Serie A se separa del resto. Cuando dos o más equipos terminan igualados a puntos al final de la temporada, el primer criterio de desempate no es la diferencia de goles general — como en LaLiga o la Premier League —, sino los resultados de los enfrentamientos directos entre los equipos empatados. Es un sistema que premia lo que ocurrió en los duelos cara a cara y que puede generar situaciones difíciles de anticipar.

El mecanismo funciona así: si dos equipos terminan con los mismos puntos, se elabora una mini-clasificación exclusiva con los resultados de los partidos entre ellos. Se suman los puntos obtenidos en esos encuentros (ida y vuelta). Si tras este filtro siguen empatados, se compara la diferencia de goles en esos mismos enfrentamientos directos. Si el empate persiste, se miran los goles a favor en los enfrentamientos directos. Solo si todas estas variables coinciden se pasa a la diferencia de goles general de toda la temporada, luego a los goles a favor totales y, en última instancia, al sorteo.

Para el aficionado español habituado a LaLiga, donde la diferencia de goles global decide la mayoría de empates, este sistema tiene una consecuencia práctica inmediata: un resultado entre dos rivales directos pesa más que cualquier goleada contra un equipo débil. Si el Napoli y el Inter terminan con los mismos puntos, lo que ocurrió en los dos partidos entre ellos — y no la diferencia de goles acumulada en 38 jornadas — determinará quién levanta el Scudetto. Eso convierte cada duelo directo en una final anticipada, con una carga emocional y estratégica que no siempre se percibe desde fuera.

Cuando el empate involucra a tres o más equipos, el sistema se complica ligeramente. Se construye una mini-liga con los resultados de todos los enfrentamientos entre los equipos implicados y se aplican los mismos criterios en cascada: puntos en la mini-liga, diferencia de goles en la mini-liga, goles a favor en la mini-liga, y solo después se recurre a las cifras globales. La historia reciente de la Serie A ofrece ejemplos ilustrativos: en la temporada 2022/23, la pelea por las plazas europeas entre el quinto y el octavo clasificado se resolvió precisamente por enfrentamientos directos, dejando fuera de Europa a un equipo que tenía mejor diferencia de goles general que dos de sus rivales.

Este sistema tiene defensores y detractores. Quienes lo apoyan argumentan que refleja con mayor justicia la capacidad de un equipo para competir contra rivales de su nivel, no solo su habilidad para inflar la diferencia de goles contra equipos inferiores. Quienes lo critican señalan que introduce un elemento de volatilidad: un penalti dudoso en un enfrentamiento directo jugado en septiembre puede decidir un campeonato en mayo. Ambos argumentos son válidos. Lo que es innegable es que este criterio obliga a los entrenadores italianos a preparar los partidos contra rivales directos con una intensidad particular, algo que se traduce en encuentros tácticos, trabados y con pocos goles — el tipo de partido que define la identidad del calcio.

Existe un escenario extremo, casi mitológico, en el que todos los criterios resultan insuficientes y se recurre al sorteo. No ha ocurrido en la era moderna para decidir el Scudetto, pero sí ha estado teóricamente cerca en disputas por las plazas europeas y el descenso. La mera posibilidad de que un campeonato se resuelva por azar es, para muchos, el argumento definitivo a favor de jugar cada partido como si fuera el último.

Un consejo práctico para quien sigue la Serie A desde España: cuando dos equipos que compiten por la misma zona de la tabla se enfrentan, conviene anotar el resultado. No como anécdota, sino como dato estructural. Ese marcador puede reaparecer en mayo como el factor decisivo que separa una temporada en Champions de una sin Europa. Es la clase de detalle que convierte al espectador ocasional en seguidor informado — y que hace del calcio un deporte donde la memoria importa tanto como el presente.

Descenso y ascenso entre Serie A y Serie B

Los tres últimos clasificados de la Serie A descienden directamente a la Serie B. No hay playoff de permanencia, no hay repesca, no hay segunda oportunidad: si terminas decimoctavo, decimonoveno o vigésimo, bajas. Es un sistema más severo que el de la Bundesliga (donde el antepenúltimo juega una promoción contra el tercero de la segunda división) y equivalente al de LaLiga y la Premier League en cuanto a número de descensos directos.

El camino inverso — de Serie B a Serie A — tiene más matices. Los dos primeros clasificados de la Serie B ascienden directamente. Las posiciones tercera a octava disputan un playoff de ascenso que determina la tercera plaza de promoción. Este formato genera una segunda división extraordinariamente competitiva, donde hasta ocho equipos mantienen opciones reales de subir a primera durante la mayor parte de la temporada. Los playoffs de la Serie B son, de hecho, uno de los espectáculos más dramáticos del fútbol italiano: partidos eliminatorios, a ida y vuelta, con prórroga y penaltis si es necesario, jugados ante estadios repletos y con una presión que no desmerece a la de muchos partidos de primera división.

En la temporada 2025/26, los tres equipos que ascendieron desde la Serie B son Sassuolo (tras un solo año en segunda), Pisa (que regresa después de 34 años de ausencia en la máxima categoría) y Cremonese (tras dos temporadas en Serie B). Los tres descendidos de la campaña anterior fueron Monza, Venezia y Empoli. El intercambio no es neutral: los recién ascendidos suelen llegar con presupuestos inferiores y plantillas menos rodadas en la élite, lo que convierte la lucha por la permanencia en una carrera desigual donde la experiencia y la capacidad económica marcan diferencias.

Las simulaciones de Opta para la temporada 2025/26, basadas en 10 000 iteraciones, otorgan a Pisa la mayor probabilidad de descenso entre los veinte participantes: un 38,2 %. Es una cifra que refleja tanto la fragilidad inherente a un equipo que no jugaba en Serie A desde principios de los noventa como la dificultad de adaptarse a un nivel competitivo radicalmente superior al de la Serie B. Para Sassuolo, que ya tiene experiencia reciente en primera, las probabilidades son considerablemente menores; Cremonese se sitúa en un terreno intermedio.

El impacto económico del descenso es devastador. Un equipo que baja de Serie A pierde entre el 40 y el 60 % de sus ingresos por derechos televisivos, que constituyen la principal fuente de financiación para la mayoría de los clubes italianos. Existe un mecanismo de paracaídas — pagos decrecientes durante los dos primeros años en Serie B para los descendidos —, pero no compensa la pérdida de contratos de patrocinio, la reducción de ingresos por taquilla y la fuga de jugadores clave, que suelen tener cláusulas de salida activables en caso de descenso. Por eso, evitar las tres últimas posiciones no es solo una cuestión deportiva: es una cuestión de supervivencia institucional.

Para el espectador español, la dinámica de descenso y ascenso de la Serie A ofrece un punto de comparación directo con LaLiga, que emplea un sistema idéntico en cuanto al número de plazas (tres descensos directos, dos ascensos directos y un playoff). La diferencia principal reside en el formato de los playoffs de ascenso: mientras que en España participan cuatro equipos (del tercero al sexto), en Italia compiten seis (del tercero al octavo), lo que amplía el espectro de candidatos y prolonga la incertidumbre hasta las últimas jornadas de la segunda división.

Plazas europeas: Champions, Europa y Conference

La Serie A distribuye sus plazas en competiciones europeas de la siguiente manera: los cuatro primeros clasificados acceden a la fase de liga de la Champions League, el quinto clasificado entra en la Europa League y el sexto en la Conference League. Adicionalmente, el campeón de la Coppa Italia obtiene una plaza en Europa League (o Conference League, si ya está clasificado por liga). Es un reparto generoso que refleja el peso del fútbol italiano en el ecosistema continental y que convierte las posiciones quinta y sexta de la tabla en objetivos tan codiciados como las cuatro primeras.

El número de plazas que cada liga obtiene en los torneos europeos depende del coeficiente UEFA, un ranking que se calcula a partir de los resultados de los clubes de cada país en competiciones continentales durante los últimos cinco años. La Serie A ocupa actualmente la segunda posición del ranking, por detrás de la Premier League. Pero en la temporada 2023/24 protagonizó un hito: fue primera, gracias a que los siete clubes italianos presentes en competiciones europeas alcanzaron las fases eliminatorias. Ese rendimiento colectivo — sin precedentes en el formato moderno de los torneos — no solo elevó el coeficiente, sino que demostró que la competitividad de la Serie A no se limita a dos o tres grandes: la profundidad alcanza al sexto y séptimo clasificado.

«Hemos comenzado el camino para recuperar nuestra posición de liderazgo internacional. LaLiga comenzó su viaje de crecimiento internacional hace 15 años. Estamos pagando ese retraso» — Luigi De Siervo, CEO de la Lega Serie A. La frase, pronunciada en una entrevista con el diario AS, revela una ambición declarada: no conformarse con el segundo puesto del ranking UEFA, sino aspirar a disputar el primero de forma sostenida. Para lograrlo, Italia necesita que sus clubes mantengan el nivel europeo de las últimas dos temporadas, algo que depende tanto de la inversión en plantillas como de la capacidad de competir en un mercado de fichajes cada vez más inflado.

Para el aficionado español, el sistema de clasificación europea de la Serie A es prácticamente idéntico al de LaLiga: cuatro plazas de Champions, una de Europa League por liga y una adicional por Copa. La diferencia está en el rendimiento reciente: mientras LaLiga ha visto cómo su coeficiente se erosionaba ligeramente en los últimos ciclos — en parte por la dependencia de Real Madrid y Barcelona —, la Serie A ha escalado gracias a la contribución de equipos como Atalanta, que alcanzó la final de la Europa League, y de un Napoli que combinó Scudetto doméstico con presencia en Champions.

El impacto económico de jugar en Europa es considerable. Un equipo que accede a la fase de liga de la Champions League garantiza unos ingresos mínimos de entre 15 y 20 millones de euros solo por participar, a los que se suman los premios por resultados y la venta de entradas. Para un club de la Serie A con un presupuesto anual de 100-150 millones, esa cifra puede representar entre el 10 y el 15 % de sus ingresos totales. De ahí que la pelea por la cuarta plaza — la última que da acceso directo a la Champions — sea, en términos financieros, la batalla más importante de la temporada después de la del Scudetto.

La Europa League y la Conference League, aunque menos lucrativas, ofrecen compensaciones relevantes: visibilidad internacional, experiencia competitiva para plantillas jóvenes y un ingreso adicional que puede marcar la diferencia en el mercado de fichajes. Para equipos como Fiorentina, Bologna o Lazio, clasificarse para estos torneos no es un premio de consolación, sino un objetivo estratégico que condiciona la planificación de la temporada desde la primera jornada.

En conjunto, el reparto de plazas europeas convierte las últimas diez jornadas de la Serie A en un ejercicio de aritmética febril. Equipos separados por dos o tres puntos pelean por objetivos que significan diferencias de decenas de millones de euros en ingresos. Esa tensión financiera se traslada al césped en forma de partidos donde cada error tiene un coste cuantificable, y donde la diferencia entre la quinta y la séptima plaza puede equivaler al salario anual de un fichaje de primer nivel. Es, en esencia, lo que distingue a la Serie A contemporánea: una liga donde la tabla de posiciones es, simultáneamente, una clasificación deportiva y un balance de pérdidas y ganancias.

Ahora que conoces el reglamento completo — formato de doble vuelta, criterios de desempate, mecanismo de descenso y ascenso, reparto de plazas europeas —, cada partido de la Serie A adquiere una dimensión nueva. DAZN retransmite todos los encuentros en exclusiva para España, con horarios que coinciden exactamente con la hora peninsular. Es más que 38 jornadas: es un sistema competitivo con lógica propia, y cada fin de semana tienes la oportunidad de verlo funcionar en directo.